20 de enero
Retroceder no. Todo termina -no mires atrás- para volver a empezar.
Retroceder no. Todo termina -no mires atrás- para volver a empezar.
A fecha de hoy (o del 29 de enero, ¿quién sabe ya?) Yular acusa a Marta de traición y anuncia su renuncia formal al recuerdo, a través de un comentario en el post de hoy de Galatea. ¡Su comentario tiene fecha de dentro de diez días!
Algo no cuadra, las fechas, la declaración de olvido. ¿Quién es Yular? ¿Quién soy yo? ¿Dónde está Marta? Galatea está caída, y no responde a mis llamadas, ni se digna a contestar mis mails.
¿Dónde estás? ¿Quién es Yular, Galatea? ¿Quién soy yo?
La Galatea arranca hoy con el bosque de Oma y termina con "um" beso. Yo solo quiero sus besos, en abigarrados bosques omáticos.
Pero no los encuentro ahora. Y estoy inquieto. La lectura de sus anotaciones me perturba. Siento su angustia como si fuera mía. Con desesperacion se aferra a un olvido imposible. Olvidar jamás. ¿Olvidar el qué?
Un día gris, me siento un poco solo, pero marcho adelante. Los vaivenes del amor son más enérgicos, pero más dulces que las desavenencias del desamor. Éste todavía no lo conozco, ni quiero conocerlo. El palíndromo del amor lo quiero sin desamor, sin posible lectura inversa. Me quedo como estoy. O mejor, avanzo. Escribo una historia que crece con nuestros desencuentros. Ella es un pozo de sabiduría oriental. Yo soy un pobre profesor de Universidad, desorientado a las puertas de una decisión que hace peligrar un cauce que Marta también ha venido a trastornar. Dicen que a los bebés se les debe introducir un solo cambio a la vez: o se les quita el chupete, o se les quita el pañal, pero no ambas cosas al mismo tiempo. Esa aversión a los cambios coincidentes no termina de pequeño.
Ayer insulté a Galatea, Marta, sin quererlo. Me había tachado de indeciso. Luego le pedí perdón, la abracé con fuerza queriendo hacerle sentir la aprensión en mis latidos. ¿Cómo he podido insultarla? Quizá sean pasión y desazón un cocktail detonante. Quizá el amor se cimiente sobre amortiguadores hidráulicos que apenas si repercuten las vibraciones. Confieso que no estoy a la última en tecnologías amatorias. Vibro y trasmito la perturbación. Estoy visiblemente alterado. Espero que la mañana nos despierte con un sol punteado de persiana, sin S.O.S. en código morse.
Yular no descansa. Está atormentado, y su eco resuena como si yo conociera el grito que lo provocó. No sé por qué, me recuerda a Mari, mi venezolana desorientada.
Una noche sin dormir. Marta es un camino. Yo soy un peatón. Ella estaba aquí desde hace mucho tiempo. Yo apenas si voy de paso. Me lleva donde quiere y la pisoteo con ímpetu, como con rabia. Empujando vehementemente para que comprenda que no puede dejar de albergarme. No soy su elección. Yo la he elegido a ella. Pero ella permanecerá, y yo seguiré. Ella es lo permanente. Cómo me jode ser circunstancial.
Llego vía abladías a un misterioso blog y a una triste canción alegre. He descargado la canción, y me gusta. Suena casero pero tiene encanto.
Enredo en Yular (?). No se permiten comentarios, parece un diario personal como el que estoy escribiendo yo aquí.
Algo curioso: sus posts tienen la fecha equivocada. Su sistema de publicación debe estarle jugando una mala pasada. Se adelantan diez días.
Andando. Camino de la facultad a la parada del autobús, y luego hacia Galatea, Marta. Cenar con Marta, Galatea. Besar a Galatea, Marta. Un ritmo nuevo a mi corporeidad. Jugaremos con sílabas, conjugaremos verbos; dividiremos secretos, diseccionaremos cuerpos.
Marta escribe hoy acerca de la soledad de una rosa, que espera con fruición a la abeja que se posará en ella. ¿Quién sabe cuándo? Yo quiero ser la abeja para siempre de ella prendado. Galatea es inmarcesible. Seguro que yo no seré la única abeja que libe sus néctares.
Resumo. Galatea no ocurre dos veces. Llega, interfiere, hinca sus garras en aquel que se atreve a amarla. Su presa es devorada lentamente. Tengo miedo pero no dudo. Algo me dice que será una experiencia sensual única. Si dura, sigo vivo. Ella confiesa que sólo se ha enamorado una vez. Yo ni siquiera recuerdo mi vez.
Este diario íntimo es mi testigo, acaso un día necesite pruebas en un juicio atemporal.