16 de enero
Un día gris, me siento un poco solo, pero marcho adelante. Los vaivenes del amor son más enérgicos, pero más dulces que las desavenencias del desamor. Éste todavía no lo conozco, ni quiero conocerlo. El palíndromo del amor lo quiero sin desamor, sin posible lectura inversa. Me quedo como estoy. O mejor, avanzo. Escribo una historia que crece con nuestros desencuentros. Ella es un pozo de sabiduría oriental. Yo soy un pobre profesor de Universidad, desorientado a las puertas de una decisión que hace peligrar un cauce que Marta también ha venido a trastornar. Dicen que a los bebés se les debe introducir un solo cambio a la vez: o se les quita el chupete, o se les quita el pañal, pero no ambas cosas al mismo tiempo. Esa aversión a los cambios coincidentes no termina de pequeño.
Ayer insulté a Galatea, Marta, sin quererlo. Me había tachado de indeciso. Luego le pedí perdón, la abracé con fuerza queriendo hacerle sentir la aprensión en mis latidos. ¿Cómo he podido insultarla? Quizá sean pasión y desazón un cocktail detonante. Quizá el amor se cimiente sobre amortiguadores hidráulicos que apenas si repercuten las vibraciones. Confieso que no estoy a la última en tecnologías amatorias. Vibro y trasmito la perturbación. Estoy visiblemente alterado. Espero que la mañana nos despierte con un sol punteado de persiana, sin S.O.S. en código morse.
